Bastan sólo unos minutos frente a la pantalla para constatar que estamos ante una obra de arte en movimiento. Si la ‘teoría de autor’ propugna la idea de poner al cineasta a la altura de otros artistas como los pintores o los escritores, aquí nos encontramos con unos diálogos que podrían pertenecer a cualquier obra maestra de la literatura contemporánea. Sólo los diálogos hacen de esta película una de las mejores experiencias que se pueden tener frente a una pantalla de cien, incluso aunque el proyector se hubiera estropeado y sólo tuviéramos acceso al audio. Jules et Jim es una película que se puede disfrutar con los ojos cerrados, y eso es decir mucho. “Usted no ha conocido a muchas mujeres, yo, en cambio he conocido a muchos hombres. Tal vez con el promedio podamos formar una pareja honesta.”
No obstante sería una lástima que nuestros ojos estuvieran cerrados o el proyector estropeado porque es mucho lo que esta película tiene que ofrecer visualmente. La puesta en escena está compuesta con un mimo infinito, mostrando disposiciones nunca vistas en la época del estreno. A través de la puesta en escena la película nos regala innumerables momentos mágicos como la escena en la que Jim regala a Jules y Catherine un par de sombreros y estos se los colocan al revés por equivocación y a continuación rectifican. O cuando Jules está jugando con Sabine en el exterior de la casa y Catherine y Jim se unen y Sabine vuela de los brazos de uno a las del otro, para a continuación salir corriendo los cuatro de la casa. Por no hablar del magistral momento en el que el trío con Catherine disfrazada de Thomas, hacen la carrera en el puente.
La película está rodada con pasión y alegría. Esto da lugar a una película que en su momento fue audaz y rompedora y que a día de hoy sigue siendo moderna y actual. Una cantidad abundante del metraje contiene planos y movimientos de cámara tremendamente novedosos y rompedores. Sin embargo nos encontramos con un montaje fluido a pesar de todo. Las secuencias se suceden sin que apenas nos demos cuenta. Tengo grabado en la memoria el momento en el que Catherine muestra a Jules y Jim las caras que solía componer antes de conocerles, y con cada pose la imagen queda congelada un instante. Una vez que termina de hacer poses la acción continua fluyendo sin dar la sensación de haberse detenido en ningún momento.
Es curiosa la forma en cómo se refleja el paso del tiempo. Durante la película asistimos al discurrir de muchos años, y sin embargo todo parece acontecer en un instante como una memoria rescatada, mágica. Sólo la guerra detiene durante un tiempo la acción, como un estado de vida suspendida, ya que no se sabe si alguno de nuestros héroes será sacrificado. Jim dice: “A veces en la trinchera tengo miedo de matar a Jules.” Y cuando Jules es desplazado: “Pero es mejor así, de lo contrario temo constantemente matar a Jim.”
Los actores se encuentran totalmente a la altura de las circunstancias. Oskar Werner y Henri Serre son unos perfectos Jules y Jim, pero quizá sería justo decir que en el plano interpretativo, está película pertenece a Jeanne Moreu. La forma en cómo crea el personaje de Catherine sin caer en la histeria fácil, simplemente haciéndola impredecible, y dejando que el resto se haga sentir bajo la superficie calmada es sencillamente magistral.
Y esta es Jules et Jim, donde Truffaut se demuestra que se puede ser coherente y defender cómo artista los mismos postulados que propugnó como teórico. Jules et Jim está cargada de momentos poéticos que nacen de la pasión del artista que está detrás de ella. Hay quien acusó a Truffaut de ser algo conservador como cineasta en relación a la propuestas radicales que hizo como crítico. Yo no podría estar más en desacuerdo, y momentos como éste dejan poco lugar a la duda:
Jules: “Un ángel pasa”.
Jim: “Es normal, es la una y veinte”.
lunes 24 de diciembre de 2007
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